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Los Reyes si hablan con el pueblo a pie de calle. la importancia de estar a las duras y a las maduras. La Corona SI.

La visita de los Reyes a Galende y al Mirador de Orellán, en el corazón de una Castilla y León herida por los incendios, ha marcado una diferencia crucial en la manera de entender el apoyo institucional en tiempos de tragedia. El editorial de hoy quiere detenerse, precisamente, en ese contraste: la empatía mostrada por Felipe VI y Letizia al poner rostro al sufrimiento rural, frente a la distancia calculada de Pedro Sánchez, más pendiente de la gestión política que del contacto humano.

Cercanía que legitima
Felipe VI, acompañado de la Reina, se ha internado en el epicentro de la devastación: casas calcinadas, montes ennegrecidos, rostros marcados por la incertidumbre. Pero, sobre todo, ha escuchado testimonios que, según sus propias palabras, “son sobrecogedores”. El monarca no sólo ha hablado de solidaridad; la ha practicado recorriendo a pie los pueblos quemados, deteniéndose a conversar con ganaderos, apicultores, hosteleros y vecinos que, tras más de una semana de lucha, apenas han reposado el miedo.

El Rey ha sido claro: “Queríamos estar cerca de los afectados”. No hay impostura en sus palabras. Cuando la autoridad se remanga y baja del estrado ceremonial para mirar a los ojos a quienes lo han perdido todo, la Corona se legitima ante una ciudadanía que exige presencia y empatía reales, no solo discursos desde despachos oficiales. Doña Letizia, incluso, se inclinó para atender y consolar a niños y ancianos, gestos sencillos pero rotundos que han resonado con fuerza en estos días.

Lección institucional frente a la distancia política
Mientras tanto, el presidente del Gobierno ha preferido la distancia. Pedro Sánchez ha evitado coincidir ni en imagen ni en espacio con los Reyes durante la emergencia. Cada vez que ha visitado una zona quemada, lo ha hecho rodeado de estrictos anillos de seguridad y apartado del contacto espontáneo con la población local; sus comparecencias han sido breves, acotadas por los dispositivos gubernamentales y alejadas de la crudeza del desastre. Ya en otras crisis, como en la sierra de la Culebra, los habitantes recordaban la incomodidad del presidente ante la ira ciudadana y su rápida retirada ante situaciones críticas.

La visita real, en cambio, no ha escatimado en gestos auténticos: la Reina arrodillada para saludar a un niño; el Rey interrumpiendo su agenda para escuchar a un apicultor desalojado o a una ganadera que vio cómo sus animales morían asfixiados por el humo. No es sólo una diferencia de estilo, es una diferencia de cultura política: frente a la gestión desde la distancia, la Monarquía se hace carne entre la ceniza.

La importancia de dar la cara
Hay quien quiere reducir la visita real a un acto simbólico, protocolario. Pero las reacciones de los lugareños desmienten esa tesis. “Queríamos ese abrazo y lo hemos tenido. Aquí los políticos prometen y desaparecen. Hoy los Reyes se han quedado, han escuchado y han mirado a la gente de frente,” decía una mujer de Porto tras el encuentro. El tejido social exige, sobre todo en el mundo rural, no solo ayudas y promesas, sino el reconocimiento de su drama en directo.

Nada sustituye el valor de dar la cara. Cuando una Casa Real decide salir a campo raso, a respirar el aire irrespirable de los montes quemados, transmite un mensaje claro: la catástrofe no es solo estadística, es vida cotidiana. Felipe VI no ha planteado soluciones políticas inmediatas —y no le corresponde—, pero sí ha recordado a las administraciones que “cada euro invertido en prevención, ahorra diez en emergencia y rehabilitación”. Es el tipo de recordatorio ético que se espera de una institución apartidista.

La Monarquía como refugio de la España vaciada
La visita ha servido también para poner sobre la mesa el abandono crónico de la España rural. Sanabria y El Bierzo no sólo sufren por el fuego; son territorios acostumbrados a la despoblación y el olvido. Al caminar entre ellos, los Reyes han roto una barrera de indiferencia que ninguna rueda de prensa puede salvar. El mensaje real es claro: “No estáis solos”, insisten, y la promesa de mantener contacto después de la visita se lee como compromiso y ejemplo.

Una diferencia medible: política y humanidad
La comparación es inevitable. Mientras el presidente Sánchez delega en ministros y huye de la fotografía incómoda, los Reyes caminan entre cenizas, estrechan manos y miran de frente a la tragedia. Esto no es solo cuestión de imágenes; es, sobre todo, una lección de humanidad en la gestión de la adversidad.

En definitiva, lo que ha ocurrido esta semana en Zamora y León no es solo una visita institucional, sino una declaración pública de afecto y dignidad hacia quienes, en mitad de la tragedia, necesitan ver que el Estado —en su sentido más noble— les acompaña en persona. Queda claro así que, en los peores incendios, no bastan los discursos ni los convoyes blindados; se necesita el coraje de mirar a los damnificados, escucharles y dar ejemplo.
En una España dividida, la Corona ha elegido el camino de la cercanía y el consuelo. Ese, hoy más que nunca, es el gesto que marca la diferencia

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