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DE HELSINKI A LAPONIA: TRES DÍAS PARA HABLAR DE ESPAÑA, EUROPA Y EL FUTURO

El viaje de Estado de Don Felipe y Doña Letizia a Finlandia ha terminado después de tres jornadas especialmente intensas y con una agenda que ha recorrido prácticamente todos los ámbitos de la relación entre los dos países. Helsinki y Rovaniemi han sido los dos escenarios de una visita que ha tenido una evidente dimensión diplomática e institucional, pero que también ha hablado de economía, tecnología, educación, ciencia, cultura, defensa y seguridad. Finlandia es uno de los socios de España en la Unión Europea y un aliado en la OTAN, pero su posición geográfica, con una extensa frontera con Rusia y una presencia directa en el Ártico y el Báltico, ha dado al viaje una dimensión geopolítica que ha sido imposible ignorar. La propia Casa del Rey presentó la visita como una oportunidad para reforzar las relaciones bilaterales y, al mismo tiempo, para abordar la autonomía estratégica y la seguridad europea con una perspectiva de 360 grados.

Los Reyes llegaron a Helsinki el 5 de octubre y, antes incluso de comenzar la gran agenda institucional, quisieron encontrarse con los españoles residentes en Finlandia. Fue una elección significativa. Don Felipe explicó que habían querido que ese fuera su primer acto porque deseaban conocer de cerca a quienes viven diariamente la relación entre ambos países. Son casi 4.000 los españoles asentados en Finlandia, entre empresarios, emprendedores, docentes, artistas, científicos y estudiantes, además de profesionales vinculados a la Embajada y a organismos internacionales con sede en Helsinki. El Rey destacó el papel que todos ellos desempeñan como puente entre las dos sociedades y puso un dato sobre la mesa: el español es ya la tercera lengua más estudiada en Finlandia, con 23.000 alumnos en los colegios y presencia universitaria en Helsinki y Turku. Fue en ese contexto cuando pronunció una de las expresiones más significativas del viaje al hablar de la necesidad de “explicar España”, una tarea que, según señaló, los españoles residentes en el extranjero realizan cada día con su trabajo y su vida cotidiana.

La jornada siguiente estuvo marcada por la dimensión institucional. Los Reyes fueron recibidos en el Palacio Presidencial por Alexander Stubb y la primera dama, Suzanne Innes-Stubb, en una ceremonia oficial que incluyó honores militares, interpretación de los himnos y revista a las tropas. Don Felipe mantuvo un encuentro con el presidente finlandés y posteriormente con el primer ministro Petteri Orpo, mientras que también visitó el Parlamento, donde se reunió con su presidente, Jussi Halla-aho. El Rey fue recibido en la tribuna del hemiciclo y recibió un aplauso de los diputados finlandeses, una de las imágenes institucionales más destacadas de la jornada. Los Reyes participaron además en el almuerzo ofrecido por el alcalde de Helsinki, Daniel Sazonov, completando una agenda política que permitió abordar la relación bilateral desde las instituciones nacionales y municipales.

Mientras Don Felipe desarrollaba esa agenda política, Doña Letizia asumió una parte propia del programa junto a la primera dama finlandesa. Ambas visitaron la escuela pública de Käpylä, uno de los centros donde se enseña español dentro del sistema educativo finlandés. La Reina pudo entrar en las aulas, conversar con los alumnos y profesores y conocer el funcionamiento del centro. La visita tenía un valor especial porque conectaba directamente con una de las realidades que el Rey había destacado la noche anterior: el creciente interés por la lengua española y el papel que la educación desempeña en el acercamiento entre las dos sociedades.

La economía fue otro de los grandes pilares del viaje. En Finlandia Hall se celebró la jornada empresarial España-Finlandia, con la participación de representantes institucionales y empresariales de ambos países. El programa puso el foco en áreas que hoy se consideran estratégicas para la competitividad europea, como las infraestructuras de inteligencia artificial, las tecnologías cuánticas y fotónicas y los semiconductores. Don Felipe intervino en la jornada y mantuvo conversaciones con representantes empresariales, mientras que también participaron figuras como el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, y el presidente de la Cámara de Comercio de España, José Luis Bonet. El objetivo no era únicamente presentar oportunidades de negocio, sino mostrar que la cooperación tecnológica e industrial es también una pieza de la autonomía estratégica que Europa necesita construir.

La dimensión política del viaje alcanzó uno de sus puntos más importantes durante la cena de gala ofrecida por Alexander Stubb y Suzanne Innes-Stubb. El discurso del Rey permitió introducir de lleno la cuestión de la seguridad europea. Finlandia, por su situación geográfica, se encuentra directamente condicionada por la relación con Rusia y por la evolución del escenario de seguridad en el norte de Europa. España, por su parte, forma parte del flanco sur de la Alianza Atlántica. Don Felipe defendió una concepción conjunta de la seguridad europea y de las fronteras exteriores de la Unión, dentro de una visión que conecta el Ártico y el Báltico con el Mediterráneo. La cuestión tiene además una lectura especialmente relevante para España: Ceuta y Melilla forman parte de esa frontera exterior europea que el Rey reivindicó como una realidad común y cuya seguridad, desde esta perspectiva, no puede entenderse como un asunto exclusivamente nacional.

La cena de gala dejó además uno de los momentos más espontáneos de la visita. El presidente finlandés había utilizado el español y Don Felipe quiso corresponder hablando en finés. El Rey afrontó el reto de pronunciar el idioma local durante su intervención y las cámaras captaron la reacción de Doña Letizia, con varias miradas y sonrisas cómplices mientras seguía el esfuerzo lingüístico de su marido. Fue una escena pequeña dentro de una agenda de enorme contenido político, pero precisamente por eso resultó especialmente cercana.

El último día comenzó con un desayuno de trabajo con inversores finlandeses, antes de que los Reyes se trasladaran al cementerio de Hietaniemi. Allí realizaron una ofrenda floral ante la Cruz de los Héroes y la tumba del mariscal Carl Gustaf Emil Mannerheim, una figura fundamental de la historia de Finlandia. El acto permitió introducir una dimensión histórica en el viaje y recordar el papel de la memoria nacional en la identidad del país. Después, en Finlandia Hall, los Reyes visitaron la exposición “Alvar Aalto y la arquitectura española contemporánea”, una muestra que permitió recuperar otra conexión menos evidente entre ambos países: la influencia de la arquitectura de Aalto y el diálogo mantenido durante décadas entre la arquitectura finlandesa y la española.

Pero la jornada todavía estaba lejos de terminar. Desde Helsinki, los Reyes viajaron hasta Rovaniemi, en Laponia, y allí el viaje cambió de escenario y también de significado. Don Felipe visitó la Base de Laponia de la Fuerza Aérea Finlandesa, asistió a una exhibición de la Brigada Jaeger y observó las operaciones de los cazas finlandeses. La imagen podía parecer casi cinematográfica: el Rey en el extremo norte de Europa, con la nieve y los bosques como telón de fondo y los aviones militares surcando el cielo. Sin embargo, detrás de la espectacularidad había un mensaje muy concreto. La Casa del Rey había señalado desde el comienzo que el Ártico y el Báltico forman parte de la visión española sobre la seguridad europea, y la visita a la base aérea permitió comprobar sobre el terreno la importancia que Finlandia concede a la defensa de su territorio.

La otra Laponia apareció inmediatamente después. En el Museo y Centro de Ciencias del Ártico, los Reyes conocieron la investigación sobre una región sometida a profundas transformaciones ambientales y estratégicas y se acercaron a la realidad de las comunidades que viven en ella. La presencia sami introdujo además una dimensión cultural y social que completó la visión del norte finlandés. Ya no se trataba solamente del territorio que aparece en las postales navideñas, sino de un espacio habitado, investigado y sometido a cambios que afectan a todo el planeta.

El viaje terminó en la Universidad de Laponia, donde Don Felipe participó en un acto académico centrado en los desafíos europeos y en la cooperación. Era un cierre coherente con todo lo ocurrido desde la llegada a Helsinki: comenzar hablando con españoles que construyen puentes entre las dos sociedades y terminar, miles de kilómetros más al norte, hablando de una Europa que necesita reforzar su capacidad de actuar y de proteger sus intereses en un escenario internacional cada vez más complejo.

Tres días después, el balance del viaje es difícil de reducir a una sola imagen. Ha habido diplomacia y política, con reuniones al más alto nivel y un mensaje claro sobre la seguridad europea; economía, con una apuesta decidida por la cooperación tecnológica en ámbitos como la inteligencia artificial, la computación cuántica, la fotónica y los semiconductores; educación, con la visita de la Reina a la escuela de Käpylä; cultura e historia, con Mannerheim y Alvar Aalto; sociedad, con el encuentro con la comunidad española; ciencia, con el Ártico; y defensa, con la visita a la base aérea de Rovaniemi. Todo ello ha quedado unido por una misma idea: España y Finlandia están geográficamente alejadas, pero comparten un mismo espacio europeo y una misma necesidad de afrontar conjuntamente los cambios que se están produciendo en el continente.

Y quizá esa sea la mejor manera de entender el viaje. Los Reyes no han ido a Finlandia únicamente para reforzar una relación bilateral que ya es estrecha. Han ido también para mirar hacia una Europa que se extiende desde el Mediterráneo hasta el Ártico, para hablar de una seguridad que ya no puede dividirse en compartimentos estancos y para poner sobre la mesa la importancia de la tecnología, la industria, la educación, la ciencia y la cultura en la construcción del futuro europeo. Helsinki y Rovaniemi han sido dos escenarios muy diferentes, pero ambos han contado la misma historia: la de una Europa que necesita conocerse mejor, cooperar más y entender que lo que sucede en sus extremos termina afectando al conjunto. Y, por supuesto, en Laponia no apareció Papá Noel. Pero sí apareció una de las realidades que más marcarán la Europa de los próximos años: el Ártico.

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