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Fernando II de Aragón y V de Castilla, Rey de España

Felipe VI Letizia Leonor Sofia Juan Carlos Reino de España Casa Real española

Fernando II de Aragón (V de Castilla y León), Rey de España, El Católico (1452-1516); (1479-1516). Fue Fernando II de Aragón y V de Castilla, según el orden numérico de los monarcas castellanos, hijo de Juan II de Aragón y de su segunda esposa, Juana Enríquez, hija de Fadrique Henríquez, Almirante de Castilla y perteneciente a la familia de los Trastámara. Durante la guerra civil que estallo entre Juan II y su hijo Carlos, Príncipe de Viana, habido de su primer matrimonio con la reina Blanca de Navarra, Juana Enríquez se hallaba en Estella defendiendo la causa de su esposo. Juana Enríquez que deseaba que su hijo naciera en Aragón, partió apresuradamente de Estella al sentir los primeros síntomas de parto. El 10 de marzo de 1452, nacía Fernando en Sos. A partir de entonces, decidida a que su hijo fuera el heredero del reino, el odio hacia su hijastro Carlos se mostró en toda su crudeza. En 1461, Carlos moría a consecuencia de una afección pulmonar, aunque fueron muchos lo que creyeron que había sido envenenado, y señalaron a Juana Enríquez. Lo cierto es que la reina se sintió muy aliviada, ya que la muerte de su hijastro dejaba el camino despejado para que su hijo Fernando heredera la corona de Aragón y los condados catalanes. Poco después, Fernando era reconocido como heredero en las Cortes reunidas en Calatayud.

Las intrigas urdidas por Luis XI de Francia, que ambicionaba extender sus dominios hacia Navarra y los condados catalanes, alentaba a los partidarios de la independencia de Cataluña a proseguir la lucha contra Juan II. Pasarán años, y Fernando no olvidará el comportamiento del monarca francés, que hará pagar a Francia con usura.

El tesón de Juana Enríquez consiguió que las Cortes catalanas juraran a su hijo como heredero. Considerando que el espíritu revolucionario que latía en Barcelona no era el más adecuado para su seguridad y la de su hijo, abandonó de noche la ciudad y se refugió en Gerona. hasta allí la siguieron los insurgentes al mando de Roges de Pallés, que ordenó sitiar la fortaleza. Cuatro meses resistió valientemente Juana Enríquez, pero ya empezaban a escasear los víveres, y la voluntad de resistir de la guarnición flaqueaba. El ladino Luis VI de Francia, que no ignoraba la penuria económica del aragonés, ofreció ayuda a Juan II a cambio de doscientas mil doblas de oro, quedando como garantía del pago, que habría de efectuarse en el plazo de un año, los condados de Rosellón y Cerdeña. Gracias a esta ayuda, pudo Juan II romper el cerco de Gerona y liberar a su esposa y a su hijo. la guerra continuó. El Gobierno de Barcelona ofreció la soberanía de los condados catalanes a Pedro de Portugal. Ante la ausencia de su padre, enfermo de la vista, Fernando, a la edad de trece años, fue nombrado lugarteniente general del reino, confiándosele el mando del ejército. En 1465 se enfrentó en Calaf a las tropas de Pedro de Portugal, que fue derrotado y moría poco después.

Creció Fernando en medio de luchas continuas y embrollos diplomáticos. más político y guerrero que estudiante, con mucha frecuencia tenía que interrumpir las lecciones que le impartí su preceptor, Francisco Vidal, como consecuencia de una llamada de su padre o por cualquier otro suceso inesperado. Desde los trece a los diecisiete años, combatió y se alternó en el gobierno con su padre. En 1468, moría Juana Enríquez, infatigable luchadora, tenaz y prudente, que supo conservar el trono para Fernando.

Juan II, operado de cataratas por un médico de Lérida, recobro la vista y pudo reanudar sus actividades. Consecuente con su vieja idea de reunir las coronas de Aragón y Castilla bajo un mismo cetro, realzó la posición de Fernando al nombrarlo rey de Sicilia, al tiempo que enviaba emisarios secretos a Castilla: unos, a su amigo Carrillo, arzobispo de Toledo; otros, con el encargo de ganar adepto. Y todos con la misión de allanar las dificultades que habían surgido en las estipulaciones matrimoniales. Pocos meses después, él y su hijo firmaban en Cervera el contrato matrimonial, y, conseguido su propósito, partía de nuevo para la guerra con Cataluña.

Según refleja Hernando del Pulgar en su Crónica, Fernando, a los diecisiete años, no es ni bajo ni alto, simétrica figura, hermoso de rostro, cejas pobladas, nariz recta, buen color, los ojos rientes, los cabellos prietos y lisos, ancha frente, la voz un tanto aguda, pero firme y bien timbrada, y el habla, igual, ni presurosa ni espaciosa, complexión recia y templado de movimientos.

Fernando partió con una expedición de mercaderes catalanes y, disfrazado de mozo de mulas, llegaba secretamente a Valladolid. El 19 de octubre de 1469, Fernando e Isabel contraían matrimonio. Esta unión no significó la fusión automática de los reinos en uno, porque en lo económico, administrativo y judicial cada uno de los reinos será independiente durante mucho tiempo, si bien en lo político y religioso ambos monarcas tenderán a la unificación. Sin embargo, Fernando siempre será considerado un Príncipe extranjero en Castilla.

En los años que mediaron entre su casamiento con Isabel y la muerte de Enrique IV de Castilla, Fernando fue reclamado por su padre para que le ayudara en la difícil guerra que mantenía con Luis XI de Francia en el Rosellón, y en ambas ocasiones fue apoyado por fuerzas castellanas.

La muerte de Enrique IV desató en Castilla la Guerra de Sucesión al trono entre los partidarios de Juana la Beltraneja y los de Isabel. Si la reina Isabel se convirtió en el brazo político, atendiendo con excelente criterio a mil y un asuntos para aglutinar en torno a sí a lo mejor de Castilla, Fernando se convirtió en su consejero y en el brazo armado de la causa isabelina, que también era la suya. Alfonso V el africano se vio desbordado por la audacia de las maniobras tácticas y estratégicas de Fernando. Esta táctica le llevó a la victoria de Toro y a la toma de Zaragoza, poniendo en graves dificultades al monarca portugués. La guerra, que se desarrollaba en la frontera lusa, le impidió acudir a Zaragoza para coronarse rey de Aragón cuando le anunciaron la muerte de su padre, ocurrida el 15 de enero de 1479. El 24 de febrero de ese mismo año, Alfonso V era derrotado en la Albuera (Badajoz) y se abrían las negociaciones para concertar la paz. El 26 de septiembre, se firmaba en Alcaçovas el convenio de las Tercerías de Moura, por el que, entre otros artículos, Alfonso V renunciaba a sus aspiraciones al trono castellano, y Juana la Beltraneja, renunciando también a sus derechos, ingresaba en un convento. El tratado también zanjó, con ventaja para Castilla, a la vieja disputa de las posesiones ultramarinas entre ambos reinos. Mientras, Fernando viajaba a Aragón, Cataluña y Valencia, donde juró los fueron y fue reconocido rey.

Solidario con la política de su esposa, Fernando apoyó con sus consejos y sagacidad política las difíciles medias que se tomaron para llevar a buen puerto las reformas que se efectuaron en Castilla. Isabel y Fernando estaban perfectamente de acuerdo en destruir el poder islámico en España y unificarla bajo la religión católica. Esto suponía la guerra total contra Granada, último reducto árabe en la península. Ambas voluntades, coordinadas al unísono, supieron vencer, gracias a su tesón y energía, todas las dificultades que la larga guerra puso en su camino. El 2 de enero de 1492, los Reyes Católicos, título que les concedería el papa Alejandro IV Borgia, entraron en Granada.

Tras la conquista del reino granadino, campaña a la que Isabel había dado total preferencia, no tardaría en imponerse el cambio de política marcado por Fernando. Si la política de Castilla se había circunscrito a mantener un cierto equilibrio con los reinos cristianos fronterizos y las buenas relaciones con Francia, no había ocurrido lo mismo con la política aragonesa, que había desarrollado una gran labor conquistadora en el Mediterráneo y penetrado profundamente en Italia. Alfonso V el Magnánimo había delegado el gobierno de Aragón en su hermano Juan para poder dedicarse plenamente a la conquista de Nápoles, dejando a su muerte la posesión de este reino a su hijo natural Ferrante. En la expansión mediterránea, los aragoneses habían chocado con Francia, que también se mostraba muy activa en el Mediterráneo y dispuesta a frenar la expansión aragonesa. Si Juan II de Aragón se había visto obligado a ceder el Rosellón y la Cerdeña a Francia, las condiciones habían cambiando. La unión de Castilla y Aragón había proporcionado a Fernando unos recursos y un ejército capaz y entrenado, de los que su padre carecía. Gracias a la excepcional capacidad política y la habilidad diplomática de Fernando, Castilla y Aragón tendrían una verdadera política exterior al asumir los monarcas los intereses de la corona de Aragón frente a Francia. No obstante, pese a la concordia de Segovia, que igualaba los poderes de Fernando frente a su esposa, tuvo éste frecuentes enfrentamiento con Isabel y con los consejeros de ésta, que se mostraban muy celosos del poder soberano de Castilla. Sin embargo, hacia 1500, Isabel, minada por las preocupaciones y por los sucesos luctuosos ocurridos en su familia, envejeció prematuramente y se fue retirando a un segundo plano, lo que propició el ascenso de la camarilla aragonesa y el predominio de España en Europa como primera potencia en el transcurso de los dos próximos siglos, predominio que llevaría a Castilla a la ruina al arremeter contra los molinos de viento del impero europeo.

Más pragmático que Isabel, Fernando se valió con frecuencia de la Iglesia para encubrir sus propósitos terrenales. Se le acusó de tacaño, cuando no lo era, sino, más bien, frugal en sus gastos, porque, para llevar a cabo tan numerosas empresas, tuvo que controlar con mano férrea los recursos de que disponía. Nadie le ha acusado de enriquecerse o de apropiarse de lo ajeno por la violencia; antes bien, cuando murió, apenas si se encontró en sus arcas lo necesario para sufragar los gastos de sus funerales. No cabe duda de que Maquiavelo lo tomó como modelo de su tratado político.

En 1493, Carlos VIII de Francia se disponía a invadir Italia. Ludovico Sforza el Moro, que quería suplantar los derechos de su sobrino Juan Galezzo María, menor de edad y casado con una nieta del rey Ferrante de Nápoles, invitó a Carlos VIII a invadir el ducado de Millán invocando los derechos los Anjou. Antes de iniciar la invasión, Carlos VIII necesitaba asegurarse la neutralidad castellanoaragonesa, por lo que estaba dispuesto a hacer todo tipo de concesiones con tal de tener libres las rutas de Italia. Ese mismo año, Carlos VIII firmaba en Barcelona un tratado de paz con Fernando por el que se comprometía a devolver los condados del Rosellón y Cerdeña. no obstante, cualquier ataque que efectuara el monarca galo contra el reino de Nápoles o contra los Estados Pontificios relevaría a Fernando de los compromisos contraídos.

En 1494, Carlos VIII invadía el norte de Italia y, en un paseo militar, llegaba a roma. El papa Alejandro VI Borgia se refugió en el castillo de Sant`Angelo, viéndose obligado a pactar con Francia y sus aliados italianos. Ante las advertencias que le hizo Fernando de que no penetrara en Nápoles, el altivo Carlos VIII prosiguió su avance, argumentando que ya había avanzado demasiado para retroceder. Fernando II de Nápoles tuvo que abandonar su reino y refugiarse en Sicilia. Al día siguiente (22-II-1495), Carlos VIII hacía su entrada triunfal en Nápoles, mientras que el papa Alejandro VI pedía a Fernando que cumpliera las promesas que le había hecho. El 31 de marzo de 1495, se firmaba la Liga Santa integrada por España, Austria, Venecia y Milán. Comentando Fernando con el duque de Nájera acerca de la Liga, le replicó el duque: “Para tan gran pazaro, poca liga es esa”. Fernando envió a Italia una escuadra al mando de Galcerán de Requesens, así como un ejército capitaneado por Gonzalo Fernández de Córdoba.

Gonzalo Fernández de Córdoba, curtido en la guerra contra Granada, se iba a revelar como un formidable estratega que revolucionaría las técnicas militares de su tiempo. En contra el parecer de muchos personajes de la corte, que se creían con más méritos y conocimientos que Gonzalo, fue la propia reina Isabel quien le eligió para mandar el ejército de Italia.

Dada la superioridad numérica del ejército francés, Gonzalo optó por llevar a cabo una guerra de guerrillas, para lo cual aprovechó lo montañoso del terreno, parecido a las serranías granadinas, que permitía con pocos efectivos hostigar y sorprender al enemigo. Su estrategia y su capacidad militar le permitieron ir desalojando a los franceses de las posiciones que ocupaban. A finales de 1496, el general francés D´Aubigny se veía obligado a pactar una rendición, por la cual las tropas galas abandonaban la región de Nápoles. Fue en esta campaña donde los italianos empezaron a llamar Gran Capitán a Gonzalo Fernández de Córdoba. Carlos VIII regresaba a Francia sin haber alcanzado ninguno de los objetivos que tan alegremente había soñado.

Luis XII de Francia, mucho más realista, inteligente y hábil negociador que su antecesor, el novelero y fantástico Carlos VIII, estaba convencido de que la conquista de Nápoles era imposible sin la aceptación española. El 11 de noviembre de 1500, Luis XII y Fernando firmaban el pacto secreto de Granada, por el que ambas potencias se repartían el reino de Nápoles. En junio de 1501, el ejército francés cruzaba los Alpes, mientras que Gonzalo Fernández de Córdoba desembarcaba en Mesina al frente de otro ejercito. Ninguno de los dos monarcas estaba dispuesto a renunciar a la posesión de Nápoles. Aunque, con su astucia natural, Fernando se reservaba para sí estas razones, las intenciones de Luis XII eran manifiestas.

La ruptura se produjo antes de que Gonzalo Fernández de Córdoba hubiera terminado el sitio de Tarento, al invadir el duque de Nemours las provincias de la Capitanata y la Basilicata, que habían quedado en régimen de condonimio administrativo. De 1501 a 1504, las tropas del Gran Capitán, siempre falto de recursos y de hombres, se impusieron a las francesas. Las batallas de Barlete, Carellano, Ceriñola, donde murió el duque de Nemours, Seminara…, dieron el control de Nápoles a Fernando. Por el tratado de Lyon, el monarca francés renunciaba a Nápoles.

El 26 de noviembre de 1504, a los cincuenta y cuatro años de edad, moría Isabel I de Castilla, minada por la enfermedad y por las continuas desgracias familiares que afligieron sus últimos años. Isabel amaba sinceramente a su esposo, por lo que debieron de producirle una gran aflicción los cuatros hijos naturales que Fernando tuvo con otras damas. Sin embargo, conociendo las flaquezas de Fernando en cuestión de mujeres, tuvo la suficiente entereza de no aburrirle jamás con escenas de celos, pues bien sabía que pedir a su cónyuge una estricta castidad fuera del matrimonio era pedir demasiado. El carácter viril de Isabel hizo que pudiera disimular los celos que sentía. No obstante, éstos debieron de manifestarse en el control que ejercía sobre los actos políticos de su esposo. Fernando nunca puso sellar la correspondencia oficial sin el permiso de Isabel, que acostumbraba a leer todas las cartas y, si alguna no le gustaba, solía romperla delante de Fernando.

Fernando tomó posesión de la regencia de Castilla, renunciando, al mismo tiempo, a la corona castellana en favor de su hija Juana y de su yerno Felipe, que se encontraban en Flandes. Sin embargo, algunos nobles que añoraban los reinados anárquicos de Juan II y Enrique IV, en los que nadie ponía coto a su afán de poder y de riqueza, se mostraron disconformes con que Fernando asumiera la regencia y enviaron emisarios a Flandes invitando a Felipe a que tomara el gobierno. Todos pensaron que les sería fácil manejar al inexperto y fatuo archiduque, con lo que podían recuperar el poder que tenían en los anteriores reinados. Así pues, la mayoría de la díscola nobleza no estaba dispuesta a acatar los poderes que Isabel, previniendo la incapacidad de su hija, había concedido a su marido en el testamento: “Que rija, administre y gobierne los dichos reinos e señoríos e tenga la administración e gobernación dellos por la dicha princesa, según dicho es, fasta tanto que el infante Don Carlos, mi nieto, hijo primogénito y heredero de los dichos Príncipe e Princesa, sea de edad legítima, a lo menos de veinte años”. la petición ha hizo Fernando a Felipe de que enviara a su nieto Carlos a España para que pudiera educarse en el país que estaba destinado a gobernar fue rechazada por el Archiduque, cuya francofilia le acercaba a Luis XII de Francia y amenazaba con desbaratar la obra política del monarca aragonés.

El progresivo aislamiento al que se vio sometido Fernando -descrito pro el embajador flamenco Filiberto de Veyre, en abril de 1505, con la frase “no queda çapatero en la corte que no escriba para ofrecerse a D. Felipe”- le obligó a entrar en negociaciones con Luis XII de Francia, de las que surgió el trato de Blois, que quedó ratificado con el matrimonio de Fernando con Germana de Foix, sobrina del monarca Francés y sobrina nieta de Fernando. Los apuros por los que pasaba el Rey Católico quedaron bien patentes al adquirir el compromiso de pagar al monarca francés una dote de quinientos mil ducados, cuando Enrique VII de Inglaterra pedía doscientos por contraer matrimonio con Margarita de Angulema, condición aceptada por Luis XII. Además Fernando se veía obligado a acudir en defensa de Francia si ésta se viera atacada.

Germana de Foix, de dieciocho años de edad, era mujer de poco seso y nada bella, algo coja, frívola, llena de vanidad y orgullo y preocupada tan sólo de fiestas y entretenimientos. Prudencio de Sandoval, obispo de Pamplona, en su obra Historia del Emperador Carlos V, nos dice que Germana era “poco hermosa, algo coxa, amiga mucho de holgarse y andar en banquetes, huertas y jardines y en fiestas. Introdujo esta señora en Castilla comidas soberbias siendo los castellanos y aun sus reyes muy moderados en esto. La que más gastaba en fiestas y banquetes era mas su amiga. Año de 1511 le hicieron en Burgos un banquete que de solos rábanos se gastaron mil maravedís. De este desorden tan grande se siguieron muertes, pendencias, que a muchos de los cuales les causaba la muerte tanto comer”. Unos años más tarde, su obesidad era tan extraordinaria que un indiscreto embajador comentó: “No creo que en este tiempo se encuentre mujer como ésta, que, mejor que obesa, debe llamársela el inmenso abdomen”. Tanta obesidad le produciría una muerte prematura, después de haber contraído matrimonio tres veces. La unión entre Fernando y Germana no puede ser juzgada como un matrimonio de amor, sino un sacrificio impuesto por las necesidades políticas.

El tratado de Blois y el casamiento de Fernando no fueron bien recibidos en Castilla, ya que si el matrimonio tenía descendencia se destruía la unión de las dos coronas. Por otra parte, ponía de manifiesto el escaso patriotismo unitario que le han atribuido a Fernando sus panegiristas.

Puesto que la situación se inclinaba a favor de Fernando, el archiduque Felipe se avino a firmar la concordia de Salamanca (24-XI-1505), en la que se estipulaban que Juana y Felipe reinarían en Castilla y León, pero Fernando sería gobernador del reino de por vida. El 7 de febrero de 1506, Juana y Felipe partían de Flesinga, a bordo de una escuadra real compuesta de sesenta naves, rumbo a España. Cuando el Archiduque desembarcó en La Coruña, pudo comprobar cómo la nobleza se ponía de su lado. En la entrevista que tuvieron Fernando y Felipe, el 20 de junio de 1506, en una ermita cercana a Puebla de Sanabría, el Archiduque comunicó a su suegro que no estaba dispuesto a cumplir la concordia de Salamanca, y se mostró inflexible a compartir la corona castellana con Fernando. Fracasada la negociación, Fernando, antes de provocar un enfrentamiento bélico y causar males mayores al reino, encargó al cardenal Cisneros la misión de negocia un acuerdo. El 27 de junio, Fernando firmaba en Villafáfila un acuerdo por el que cedía a Felipe la plenitud del gobierno, así como reconocía la incapacidad mental de su hija para gobernar. Quiso Fernando, antes de partir a sus reinos patrimoniales de Aragón y Cataluña, despedirse de su hija, mas su yerno no lo consistió.

Dos meses duró el reinado del archiduque Felipe. Este corto período fue suficiente para demostrar cuan acertado había sido el juicio que de él se formaron Isabel y Fernando desde el primer día que le conocieron. Felipe, con sus arbitrariedades, estuvo a punto de desestabilizar el reino. Afortunadamente, el Archiduque Felipe moría en el verano de 1506 a consecuencia de una fiebres mal tratadas. Dejaba Felipe a una esposa, con las facultades totalmente trastornadas e incapacitada para gobernar, y a su primogénito, Carlos, de seis años de edad.

Ante la ausencia de Fernando, que se había trasladado a Nápoles, el cardenal Cisneros consiguió formar una Junta de gobierno encargada de pedir a Fernando que regresara a Castilla y asumiera la regencia. Fernando retrasó su salida para Castilla hasta el verano de 1507. Antes, se entrevistó con Luis XII de Francia en Savona, donde pactaron la Liga de Cambray, que sería fatal para Venecia.

El nuevo período de regencia, de 1506 a 1515, sería una continuación del glorioso reinado que tuvo junto a su esposa Isabel. Cuando Luis XII atacó al papa Julio II, Fernando se puso al lado de éste. El nuevo enfrentamiento con Francia dio pie a Fernando para enviar un ejército al mando del duque de Alba. Sin apenas lucha, Navarra fue anexionada a Castilla (1512).

El odio que Fernando profesaba a la Casa de Austria, que le hacía ansiar la disminución de la vasta herencia que iba a recibir su nieto Carlos, incrementó su deseo de tener descendencia. En 1509, Germana de Foix daba luz a un hijo que sólo viviría una horas. La obsesión de Fernando por lograr descendencia le llevó a ingerir pócimas que dieran mayor vigor sexual a su naturaleza, lo que, al parecer, produjo efectos contrarios. A partir de 1513, se vio afligido de enfermedades que nunca había padecido. Su carácter se volvió impaciente e irritable, y perdió su afición por los negocios de Estado. Solo conservó su gran pasión por al caza, que se fue incrementando con el paso de los años, hasta convertirse, al final de su vida, en una obsesión.

El 23 de enero de 1516, fallecía Fernando II de Aragón y V de Castilla en Madridejos, a la edad de sesenta y cuatro años, a consecuencia de una afección cardiaca. En el último momento, pudieron sus consejeros disuadirlo de que nombrara heredero a su nieto Fernando, criado en Castilla y por el que sentía un gran cariño, en detrimento de su otro nieto Carlos, primogénito de Juana y Felipe. la nobleza castellana, siempre opuesta a su gobierno, se vio libre de aquel “viejo aragonés”. Fernando dejaba la regencia de sus reinos de Aragón y Nápoles al Arzobispo de Zaragoza, Alonso de Aragón, su hijo natural. Castilla sería regentada por el cardenal Cisneros, hacia el que nunca había demostrado simpatía; pero dio sobradas pruebas de anteponer el interés de Estado con el siguiente razonamiento: “Bien está: es ciertamente muy buen sujeto, y de rectas intenciones; no tiene amigos ni parientes importantes a quien ensalzar; todo lo debe a la reina Doña Isabel y a mi, y así como hasta aquí ha sido siempre fiel a nuestra familia, espero que continuará siéndolo también en adelante”. Ambos regentes dimitirían de sus cargos cuando llegara su nieto Carlos, heredero de ambos reinos. Por expreso deseo suyo, sus restos reposan junto a los de su esposa Isabel, en la Capilla Real de la Catedral de Granada.

Casado el 19 de octubre de 1469, con Isabel tuvo 5 hijos:

* Isabel de Aragón (1470 – 1498), princesa de Asturias (1497 – 1498), se unió en matrimonio con el infante Alfonso de Portugal, pero al enviudar contrajo segundas nupcias con el heredero al trono que se hizo llamar Manuel I de Portugal —el primo y cuñado del difunto rey portugués Juan II— pero moriría en el parto de su hijo Miguel de Paz.

* Juan (1478 – 1497), príncipe de Asturias (1478 – 1497), contrajo matrimonio con Margarita de Austria (hija del emperador germánico Maximiliano I de Habsburgo), murió de tuberculosis.

* Juana I de Castilla (6 de noviembre de 1479 – 1555), princesa de Asturias (1500–1504), reina de Castilla (1504–1555) con el nombre de Juana I. En 1496, contrajo matrimonio con Felipe el Hermoso de Habsburgo.

* María (1482 – 1517), contrajo matrimonio con el viudo de su hermana Manuel I de Portugal y fue madre de Juan III y de Enrique I el Cardenal, sin olvidar a la que sería la futura emperatriz Isabel de Portugal, esposa de su primo Carlos I de España.

* Catalina (1485 – 1536), contrajo matrimonio con el príncipe Arturo de Gales y tras la muerte de este con su hermano que sería Enrique VIII, por lo tanto se convirtió en reina de Inglaterra, fue madre de la reina María I Tudor.

Con su segunda mujer Germana de Foix, sobrina de Luis XII de Francia, casado el 19 de octubre de 1505 en Dueñas (II Tratado de Blois):

* Juan (3 de mayo de 1509 – murió unas horas después de nacer).

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