Efemérides
Comments 3

Alfonso XII

Felipe VI Letizia Leonor Sofia Juan Carlos Reino de España Casa Real española

Hijo de Isabel II, nació Alfonso XII en el Palacio Real de Madrid, el 28 de noviembre de 1.857. El rey consorte, Francisco de Asís –a quien tiempo atrás le había prohibido Isabel II el libre acceso a su cámara-, escudriñó con detenimiento las facciones del recién nacido, de cuerpo endeble y cabeza grande, buscando rasgos que le convencieran de su paternidad. No quedó muy convencido, por lo que se negó a presentarlo ante la corte. Además, Francisco de Asís veía como sus planes de casar a la infanta Isabel con un príncipe carlista, provocar la abdicación de su esposa y obtener la regencia, se desvanecían con el nacimiento de un varón. Isabel II tuvo que recurrir a la mediación de sor Patrocinio, que tenía una gran influencia sobre su esposo. Francisco de Asís se avino a presentar a su hijo putativo, sobre una bandeja de oro, ante la corte.

Una vez más, como había ocurrido con los cinco hijos anteriores logrados por Isabel II, se dudó de la paternidad de Francisco de Asís, y, en los corrillos, se nombraba al príncipe con el apodo de el Puigmolteño, por considerar que su padre natural era Enrique Puig Moltó, capitán del cuerpo de Ingenieros, amante de turno de Isabel II. Este hecho contribuirá a renovar la viciada sangre de los Borbónes.

Antes de que naciera el príncipe, Isabel II había solicitada del papa Pío IX que se dignara ser el padrino de su hijo. Sin esperar la respuesta del Vaticano, el Nuncio Papal, Simeoni, se había apresurado a enviar una larga carta cifrada a Roma sobre el asunto que podía desprestigiar a Pío IX. Simeoni le comentaba al cardenal Antonelli, Secretario de Estado del Vaticano: “ […] ha comenzado a cundir en la clase alta, aunque hasta ahora haya podido conservarse en un relativo secreto, el trato que S.M. tiene, desde hace meses, con un oficial del cuerpo de Ingenieros. Llega éste hasta las habitaciones de la reina después de medianoche, permaneciendo en ellas hasta el amanecer […]. El mismo monseñor Claret (confesor de Isabel II) me ha dicho haberle asegurado que el padre de la prole que espera es de su augusto esposo, pero que en una carta amatoria al oficial de referencia ha escrito de su puño y letra que dicha prole debe atribuirse a ese oficial, en cuyas manos está la carta …”. Pese a estas informaciones, el Papa accedió a apadrinar al heredero de la Corona.

Los cuidados que reclamaron la endeble salud de Alfonso fueron continuos, ya que se manifestaron en él propensión a los catarros, complicados con afecciones pulmonares, siendo estas dolencias la causa del mal color de su cara y de su desmedrado físico, así como una sombra de perpetua melancolía que se asoma a sus ojos.

La educación que se le dio al príncipe fue, eminentemente, militar y religiosa. A los siete años, terminada su primera enseñanza, se nombró jefe de estudios al general Álvarez Osorio, auxiliado por un cuadro de profesores que representaban a todas las armas. El padre Cayetano Fernández se encargó de instruirle en religión, y Antonio Castillo de enseñarle a leer y escribir. El barón de Andilla se entretuvo en escribir unas máximas que el príncipe debía aprender de memoria:

Niño, lávate los pies
cada dos meses o tres
No dejes, al comer, muy limpio el plato
porque el lamer es cosa de gatos.
No faltes al respeto a tus iguales
ni metas el dedo en los ojales.

Sus ineptos educadores no tenían idea de lo que era un niño, y, menos aún, de un niño que algún día sería rey. Isabel II, gran iletrada, aceptó el plan de estudios que le había sugerido su confesor, el padre Claret: primero, clase de religión; segundo, media clase de gramática; tercero, clase de religión; cuarto, media clase de gramática; quinto, clase de religión. Más tarde, se añadirían la esgrima y la equitación. Afortunadamente, el exilio vendría a compensar las nefastas deficiencias de la educación que estaba recibiendo.

Isabel II ejerció un escaso influjo sobre sus hijos, limitándose a verlos unos cuantos minutos al día. Los asuntos de Estado, a los que prestaba escasa atención, los continuos cabildeos con la camarilla, las representaciones oficiales, las fiestas, las corridas de toros, las noches en el teatro y el desarreglo de su vida personal, consumían todo su tiempo. Su hija, la infanta Eulalia dejará, en sus Memorias, este crudo testimonio: “Mi madre vivía alejada de nosotros, y más que madre la sentíamos una reina. Y así como mi madre no tuvo sentimiento en su matrimonio, así nosotros no conocíamos en realidad el cariño de unos padres en un hogar”. Más triste es el recuerdo que guardaba de su padre, el huidizo Francisco de Asís: “Era dolorosamente extraño aquel hombre menudo y fino, que tenía unas manos bellísimas y un hablar dulce que no encontraba eco en nuestro corazón. Ni un recuerdo, ni un simple detalle que se tiñera de emoción; nada la unía a mí. Era una orfandad dolorosa la mía. Habíamos sido ajenos el uno al otro, y se hundió en las sombras dejándome apenas el recuerdo de sus manos, que nunca fueron paternales, y de su voz, que tan suave como era, jamás tuvo palabras de cariño para mí”.

Alfonso esta próximo a cumplir los once años. Su salud fue mejorando, hasta el punto de que, sin ser físicamente fuerte, practicaba con soltura y habilidad la esgrima y la equitación. Sus dotes naturales y su buen juicio suplirían, en la medida de lo posible, las carencias de la enseñanza que recibía. Aunque no desapareció la expresión de su rostro, pues, a pesar de su corta edad, fue consciente del desapego que existía entre sus padres y de la desordenada vida amorosa de su madre.

La revolución de La Gloriosa, le sorprendió en San Sebastián, como a toda la familia real. En 1.868, partiría para el destierro, que le aportó grandes ventajas desde el punto de vista educativo, siendo el primer Príncipe de Asturias que, por imposición del destino, se eduque en el extranjero. Años más tarde, cuando regrese a España, esta experiencia le será de gran utilidad.

Isabel II y su familia se dirigieron al castilla de Pau, que les había cedido Napoleón III, para que les sirviera de residencia. Pero el lugar, incómodo, vetusto, destartalado, frío y alejado de las principales vías de comunicación, condenaba a Isabel II al ostracismo, por lo que decidió cambiar su residencia a París. La reina compró el palacio de Basilewski, al que cambió el nombre por el de Castilla. Francisco de Asís adquirió una hermosa residencia en Epinay Surmer, cerca de París, a la que se retiró a vivir con su fiel Meneses, dedicándose el resto de su vida a componer música, a leer libros, a intrigar un poco y a efectuar largos viajes que mitigaron la honda amargura de su vida: no poder gobernar.

Alfonso, a los doce años, era un jovencito de cuerpo enjuto y de mediana estatura, de carácter sencillo, ingenioso y reflexivo. Gozaba de una excelente memoria, bastándole, a veces, que le leyeran un texto en voz alta para repetirlo al día siguiente sin vacilación.

Desde el primer día del exilio, José Osorio, duque de Sesto, marqués de Alcañices, de los Balbases…, popularmente conocido como pepe Alcañices, se convirtió, por expreso deseo de Isabel II, en ayo del príncipe Alfonso. El paso de Alcañices por la alcaldía de Madrid, dejó un grato recuerdo. En 1.868 casó con Sofía Troweskoy, hija de un príncipe ruso y viuda del duque de Morney. La inteligente, bella y mundana Sofía sería una gran activista de la causa alfonsina.

Alcañices, que gastaría su inmensa fortuna a favor de la Restauración, tuvo el acierto de colocar al lado de Alfonso al conde de Morphy, que era pobre, pero estaba dotado de una gran sensibilidad y de un espíritu cultivado. Ambos se coligaron para sustraer a Alfonso de las mezquinas intrigas que imperaban en el palacio de Castilla. A Alfonso no le pasaban desapercibida las cosas que ocurrían en el palacio, y, sobre todo, no veía con agrado la relación que su madre seguía manteniendo con Marfori, al que profesaba el más vivo desprecio. Cuando se enteró de que su imprudente madre se paseaba del brazo con Marfori, se llevó un profundo disgusto.

En París, Alfonso ingresó en el Collage Stanislas, junto con su buen amigo Julio Cañaveral, Conde de Benalúa y ahijado de Pepe Alcañices. Gracias al Duque de Sesto, que le daba consejos y lecciones de política española, transmitiéndole sus vividas experiencias, creció Alfonso con un amplio conocimiento de la realidad de su patria.

El duque de Montpensier, que no cejaba en sus ambiciones, propuso a Isabel II reconocer a su hijo si a él se le nombraba Regente, durante la minoría de edad del príncipe. Alfonso, enterado de esta proposición, le dijo al de Alcañices: “Pepe, dile a mamá que yo jamás iré con Montpensier a ninguna parte”. La rotunda negativa impresionó a Isabel II, que había entregado a su madre, María Cristina, plenos poderes para trabajar en pro de la Restauración. María Cristina, que siempre demostró una manifiesta preferencia por su hija Luisa Fernando, fue la promotora del pacto de Cannes, lugar donde residían los Montpensier, en el que se acordó el reconocimiento de la legitimidad de Alfonso por parte de los duques, la futura boda de éste con una de las hijas de Montpensier, y la Regencia del duque, en caso de que la Restauración se produjera antes de que Alfonso alcanzara la mayoría de edad.

Pepe Alcañices comprendió que el regreso a España de Isabel II, como reina, sería imposible, y que las esperanzas de que los Borbones volvieran a reinar debían centrarse en Alfonso. Con gran visión política, en contra de la opinión de Marfori, consiguió convencer a Isabel II de que abdicara de los derechos de la Corona en su hijo. El 24 de junio de 1.870, Isabel II hacía testamento, y, al día siguiente, en el salón del palacio de Castilla, situado en la parisina calle de Cléber, tuvo lugar la solemne ceremonia de abdicación. Faltó Francisco de Asís, al que no se pudo convencer para que asistiera al acto.

Alcañices, viajero entre París y Madrid, consciente de que la Restauración no podrían llevarla a efecto los palaciegos y los cortesanos, se dedicó a captar adeptos entre todas las clases sociales: militares descontentos, políticos, aristócratas, pintores, poetas, escritores, toreros, cómicos y gente del pueblo llano. A todos trató con afable cortesía y les prometió venturas para el futuro, corriendo de su bolsillo los cuantiosos gastos que originaba el mantenimiento de la maquinaria de propaganda.

Pepe Alcañices, antes que súbdito, se sintió padre espiritual de Alfonso, que siempre guardó a su fiel amigo un gran afecto y le hizo depositario de su máxima confianza. El Duque de Sesto moriría el 30 de diciembre de 1.909, arruinado y aislado de la sociedad palaciega -María Cristina, segunda esposa de Alfonso XII, no quiso verle en palacio, por hacerle culpable de la vida disipada que había llevado su esposo-, cuando había sido él, sin lugar a dudas, la pieza fundamente del regreso de los Borbones.

La candidatura de Leopoldo Hohenzollern-Sigmaringen, al vacante trono español, provocó la guerra franco-prusiana. Ante las malas noticias que llegaban del frente bélico, Isabel II decidió abandonar Paría y trasladarse a Hougalte, un pueblecito pesquero de la costa Normanda. La noticia de que Napoleón III había sido derrotado y hecho prisionero en Seda, convirtió a París en un caos, cayendo todo el entramado napoleónico y proclamándose la república. Ante los disturbios que estallaron en Francia, Isabel II decidió trasladarse, con su familia y su séquito, a Suiza. En Ginebra se instalaron en el Hotel de la Paix, situado a orillas del lago, Isabel, que nunca supo valorar el dinero, necesitada de hacer economías, tuvo que reducir los gastos superfluos. Alfonso fue matriculado en un liceo y a las infantas se les puso una institutriz. En 1.871, firmada la paz de Versalles, regresaron a París. El interior del palacio de Castilla, aunque se había librado exteriormente de la metralla, se encontraba bastante deteriorado, a causa de los tumultos que había sufrido la ciudad de la Luz.

En febrero de 1.872, Alfonso ingresó en el Theresianum de Viena, donde comenzó su verdadera educación. Allí aprendería el alemán, que vendría a sumarse a los dos idiomas que ya sabía, el inglés y el francés, así como otras materias, que le serían de gran utilidad, aprovechando muy bien las enseñanzas que recibió. Durante su permanencia en el Theresianum recibirá dos visitas, que serán trascendentales en su vida futura. La primera sería la de los duques de Montpensier, acompañados de su hija María de las Mercedes. Después la de Elena Sanz, bellísima mujer, protegida de Isabel II, que iba a cantar en la ópera de Viena con Adelina Patti, por lo que la reina le rogó que fuera a ver a su hijo y le llevara una carta y un obsequio. La relación con Elena Sanz se materializaría cuando Alfonso fuera ya rey de España.

Hay un aspecto en la vida de Alfonso que preocupa mucho a Morphy, encargado de supervisar los estudios del príncipe, por lo que escribe a Isabel II: “[…] no es conveniente que vuele demasiado pronto en cierto terreno […], con la vehemencia que tiene en los placeres que le agradan, aun cuando para otras cosas es frío de carácter, su naturaleza e inteligencia se marchitarán sin dar fruto”. En otro informe, Morphy es más explícito: “Si el Príncipe, al concluir verdaderamente su desarrollo físico e intelectual, se casa con una mujer virtuosa de quien esté enamorada y le sepa llevar, creo que será muy feliz y llegará a ser una gran hombre, como sus ilustres predecesores. En cambio, si se lanza a la vida tempestuosa, creo que nos e casará, o tal vez tendrá vuestra Majestad gravísimos disgustos por ese camino. Su porvenir depende más de su carácter, de su inteligencia y de su tacto para manejar a los hombre, que no de sus conocimientos puramente científicos en el arte militar”.

El curso de 1.874 será el último que pase Alfonso en el Theresianum. Estos tres años fueron bien aprovechados por el príncipe, tanto en lo cultural como en la apertura de su mente hacia nuevas formas de conveniencia, que le permitieron relacionarse con personas que no pertenecían a su servicio. En las cartas que enviaba a su madre deslizaba pensamientos que demostraban la madurez que había adquirido: “Tienes razón: si algún día voy a España será para ser el padre de todos los españoles, no para adular las pasiones de unos y otros”. Cuando se enteró de que había sido proclamada la república, escribió: “¿Con que ahora somos todos ciudadanos? No te importe esto nada, pues, teniendo paciencia y trabajando mucho para ser digno del puesto a que estoy destinado, ya llegará el día en que iremos todos juntos a España”.

Antes de ingresar en Sandhurst se decidió que Alfonso hiciera un viaje por varias capitales europeas, acompañado por Alcañices y dos servidores más. En Londres admiraron los museos y los monumentos, visitando los astilleros y el Almirantazgo le invitó a asistir a unas maniobras navales en las que se utilizó fuego real. Allí conoció y renovó su amistad con importantes personalidades: el príncipe de Gales, el duque de Teca… En Bruselas almorzó con el rey Leopoldo, Berlín, Munich, Hessen, donde visitó las fábricas Krupp. Cuando regresó a París le esperaban en la estación su madre y Cánovas del Castillo, a quien contó con todo detalle las impresiones de su viaje. Ocho días más tarde emprendía el viaje a Inglaterra, para ingresar en el Real Colegio Militar de Sandhurst.

La disciplina militar en Sandhurst era dura, y Alfonso se la describía a su madre de una forma concisa y breve: “A las seis diana; de siete a ocho, ejercicio; de ocho a nueve, desayuno; de nueve a once, clases; de once a una, estudio; de una a dos, segundo ejercicio; de dos a tres, lunch, de tres a cuatro, ejercicios corporales; de cuatro a cinco y media, estudio práctico. A las siete y media, comida”. Y añadía: “Ya ves que no se pierde el tiempo”. Los sábados, las clases terminaban a las diez y media, disponiendo los alumnos del resto del día libre, aprovechándolo para ir a Londres a efectuar sus compras. Alfonso los dedicaba a visitar a la destronada emperatriz Eugenia, a su amigo el príncipe Luis Napoleón y a otras personalidades.

La simpatía innata de Alfonso hizo que se granjeara la amistad de sus compañeros, con los que comía frecuentemente y asistía a las fiestas que organizaba. El fiero general carlista, Ramón Cabrera, El Tigre del Maestrazgo, que vivía cerca de Sandhurst, después de varios contactos, se entrevistó con Alfonso. Este acto, que en un principio tendría poco resonancia, sería la clave para que Cabrera reconociera a Alfonso XII, ya proclamado rey, como legítimo heredero del trono español. El ejemplo de Cabrera desencadenaría el abandono del campo tradicionalista de muchos partidarios del pretendiente, privando al ejército carlista de relevantes personalidades.

Sabía Alfonso los sacrificios económicos que estaba haciendo su madre, para que él pudiera educarse en Sandhurst. Consciente de ello, él mismo redactó un presupuesto, donde recogía todos los gastos del mes. Supo lo que era hacer economías pasar estrecheces, aprendiendo a conocer el valor del dinero. El 30 de diciembre, embarca en Dover para Francia. Ignoraba que, ese mismo día, se había producido un levantamiento militar que le proclamaba rey de España.

Antonio Cánovas del Castillo, hijo de un modesto maestro de escuela de Coín, de gran inteligencia, vasta cultura y feliz ingenio, se convirtió, junto con Alcañices, en el adalid de la Restauración. De baja estatura, rechoncho, un poco bizco, moreno y de aspecto vulgar, ceceaba al hablar, aunque su palabra resultaba elocuente. Su escaso atractivo físico no impidió que tuviera un gran éxito entre el elenco femenino, por su galantería y fino humos. Cánovas, para no participar en la Revolución se aisló en el Archivo de Simancas, antes de que Isabel II fuera destronada. Era monárquico, pero no estaba dispuesto a servir a Isabel II, sabiendo que ésta no le apreciaba.

Pepe Alcañices allanó el camino a Cánovas para que entrara en el partido alfonsino cuando lo deseara. El 22 de agosto de 1.873, Isabel II firmaba un documento por el que se reconocía y confería a Cánovas plenos poderes para dirigir el partido. La consigna de Cánovas era esperar a que los acontecimientos políticos hicieran necesario una restauración pacífica de la monarquía Borbónica, en la persona de Alfonso XII.

Tras la abdicación de Amadeo I de Saboya, el 11 de febrero de 1.873, quedó proclamada la Primera república. Once meses duró este régimen, que caería víctima de sus errores y de las torpezas de los propios republicanos. Por la presidencia desfilaron cuatro de sus hombres más inteligentes, íntegros y austeros: Figueras, Pí y Margall, Salmerón y Castelar, éste último, sin duda, el más caracterizado y de valer. Los problemas en que se vio sumida la república no fueron ni pocos ni insignificantes. Sus principales figuras no se pusieron de acuerdo sobre el carácter que se debía dar a la nueva forma de gobierno: si federal, conservador, radical, unitario, o militar. Los partidos alfonsino y carlista complicaron la vida de la república, que se vio agraviada por la rebelión colonial y otros roces internacionales.

Uno de los primeros actos de la república fue la abolición de la esclavitud en Puerto Rico, disolución de las órdenes militares y la supresión de los títulos nobiliarios. A la guerra carlista, que estalló en Navarra, las Vascongadas, Cataluña y el Maestrazgo, se unieron la federalista y la independentista de Cuba. Los federales provincianos, ansiosos de implantar la reforma sin dilaciones, se adelantaron a erigirse en cantones independientes. La Diputación de Barcelona anunció que constituiría el Estado Catalán, a pesar de los esfuerzos de Pí y Margall, para evitar que los apresuramientos malograsen la futura república federal y del viaje de Figueras a Barcelona para contener, con su presencia y consejos, a los exaltados republicanos. Los federalistas constituyeron a Málaga en cantón; Cádiz y Sevilla siguieron su ejemplo, y, en Cartagena, se proclamó el cantón murciano. La incapacidad de los republicanos para ponerse de acuerdo y hallar una solución estable al conflicto por ellos creado, obligó al general Pavía a sacar las tropas a la calle, entrar a caballo en el Congreso y disolver, violentamente, el Parlamento, en la madrugada del 3 de enero de 1.874. Pavía reunión en el Congreso a lo más granado de los partidos políticos, consiguiendo, no sin esfuerzo y mucho trabajo, formar un gobierno provisional presidido por el general Serrano, duque de la Torre. El pueblo resumió la efímera duración de la república con esta afortunada frase: “La República desayunó con Figueras, comió con Pi y Margall, merando con Samerón y se acostó finalmente con Pavia que la mancilló…”.

Arreciaban, entretanto, los trabajos para restaurar la monarquía Borbónica, aunque no todos estaban de acuerdo con el plan de Cánovas, para quien la Restauración no necesitaba de conspiraciones, pues “para realizar el derecho –había dicho- no se necesita derramar sangre; basta con saber esperar”. El general Martínez Campos discrepaba con Cánovas. El cumpleaños de Alfonso dio ocasión a que recibiera numerosas muestras de simpatía y un extraordinario número de felicitaciones. Desde Sandhurst, siguiendo las directrices de Cánovas, Alfonso respondió con una carta manifiesto, el 1 de Diciembre de 1.874, que terminaba así:”Sea la que quiera mi suerte, no dejaré nunca de ser buen español, buen católico, ni como hombre de siglo, verdaderamente liberal”. Estas palabras comprendían el programa del futuro rey.

La impaciencia de Martínez Campos contravino las consignas de Cánovas, que deseaba que la Restauración viniera por la acción constitucional y no por un pronunciamiento. El 29 de diciembre de 1.874, el general, al mando de una columna, partía de Sagunto camino de Valencia. A los dos kilómetros dio la voz de alto; mandó a la tropa formar en cuadro y, tras una arenga, proclamó a Alfonso rey de España, al grito de “¡Viva Alfonso XII”. El movimiento fue secundado por el general Jovellar, jefe del ejército del centro, y por el capitán general de Madrid, Fernando Primo de Rivera. El ministerio de Sagasti entregó, aquella misma noche, el poder a Antonio Cánovas del Castillo, que formó un gobierno titulado Ministerio-Regencia.

En la tarde del 30 de diciembre, Alfonso, procedente de Sandhurst, llegaba a París, donde le esperaba su madres. Conocida la noticia de su proclamación, con aire sereno y sonriente, exclamó: “Partiré para España inmediatamente, suceda lo que suceda”. Cinco días después del pronunciamiento, Alfonso XII partía para Marsella, donde le aguardaba la fragata Navas de Tolosa. El 9 de enero de 1.875, llegaba a Barcelona, Desde aquí se dirigió, en la fragata Numancia, a Valencia y, el 14, hizo su entrada solemne en Madrid –montado en un caballo blanco en el que casi se perdía su menuda y nada arrogante figura-, donde, al igual que en las otras ciudades, fue recibido con inequívocas muestras de alegría.

Lograda la Restauración, promulgada una nueva Constitución y constituidas las nuevas Cortes, Cánovas se reservó la mayoría parlamentaria, se adueñó del ministerio de Gobernación –poniendo a su frente a Romero Robledo-, y se transformó en el mayor cacique de la España alfonsina, teniendo bajo su férula la libertad constitucional del rey. Cánovas no inventó el caciquismo, pero le dotó de una estructura tan sólida, que se tardarían años y mucho trabajo en desmontarlo. Para cada censo electoral nombró un cacique que , en vísperas de los comicios, recibía instrucciones sobre lo que había que hacer y el candidato que había de salir elegido. Esta inmoralidad, sistematizada por Cánovas y secundada por Sagasti, sería el germen de acontecimientos futuros que, a la postre, llevarían al destierro a Alfonso XIII. Por otra parte, al analfabetismo de la población era vergonzante, sin que se intentara poner remedio a semejante situación. En 1.830, los que sabían leer representaban únicamente el diez por ciento de la población; en 1.866, después de la ley Moyano, sólo el veintiocho por ciento, y, a comienzos de siglo, apenas si había aumentado. Sólo Rusia y los Países balcánicos estaban por debajo de España.

Afortunadamente, Alfonso XII heredó las escasas cualidades de su madre y ninguno de sus defectos, dando muestras de ser de fino entendimiento, corazón sensible y, como hijo de su tiempo, estuvo impregnando de la ideas románticas. No obstante, tuvo la fortuna de tener a su lado a Cánovas, un hombre capaz e inteligente, que había trabajado por la Restauración y que consolidaría la monarquía alfonsina. Su obra política, que terminaría viciándose, dio estabilidad y paz a la nación, al menos por unos años. Si mérito tiene Cánovas, no menos lo merece Pepe Alcañices, duque de Sesto, sin cuyo apoyo financiero hubiera sido casi imposible aunar tantas voluntades.

A los pocos días de su entronización, Alfonso XII manifestó su resolución de contribuir al término de la guerra y al logro de la paz. Y así, partió para el frente, donde compartió las fatigas de sus soldados. En Lácar faltó muy poco para que los carlista pudieran hacerse con su persona. Cánovas, que no estaba dispuesto a sufrir otro descalabro como el de Lácar, hizo preparativos para dar a la guerra un impulso final e irreversible.

Al llegar el rey a Tudela, tras presidir en Puente la Reina una junta de generales, sufrió un fuerte catarro. Por primera vez la sangre manchó los labios del monarca. Este hecho, que se mantuvo en secreto hasta su muerte, constituyó el primer síntoma externo de la tuberculosis de Alfonso XII. Los escasos conocimientos médicos de la época, su vida agitada, pasional y ardiente, hicieron el resto. Aunque fue bastante morigerado con la bebida, no lo fue con el tabaco, continuando con la estirpe de grandes fumadores, iniciada por María Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III, y continuada por Fernando VII.

En febrero de 1.876,Alfonso XII, al frente de sus tropas, contemplaba la desbandada carlista y la fuga de Carlos VII, quien, antes de traspasar la frontera con Francia, exclamó: “¡Algún día volveré!”. No volverá nunca más. Dos años más tarde, Martínez Campos, que había sido enviado a Cuba para sofocar la rebelión, firmaba el convenio de Zanjón con los insurgentes, por el que se abolía la esclavitud en la isla y se ponía fin a la guerra. Desgraciadamente, los esclavistas peninsulares, encabezados por Romero Robledo, no respetaron el convenio.

Alfonso XII había conseguido su propósito: pacificar España. Ahora sí, ya podía ser el rey de todos los españoles, como él deseaba. En el período comprendido entre el reinado de Isabel II y la restauración de Alfonso XII reinó, sin trabas, el irracional odio cainita. Tras la restauración se aletargó, pero, en 1.936, volvería a estar con toda la furia salvaje de los odios adormecidos.

Desde el primer momento, el Gobierno se esforzó en desarrollar una política reparadora. A tal efecto, se derogó la ley del matrimonio civil, se reanudaron las relaciones con la Santa Sede, se abonó al clero los atrasos, y se atrajo a la causa alfonsina al antiguo general carlista Cabrera, al que se concedió el grado de capitán general y el título de conde de Morella.

La nueva Constitución, llamada de los Notables, por haberla preparado nueve ex senadores y ex diputados, obra casi en su totalidad de Cánovas del Castillo, si bien tuvo una duración superior a las anteriores, esta condenada al fracaso y a la inoperancia, ya que el juego parlamentario se hizo ineficaz. Las protestas del papa Pío IX, de los moderados y carlistas, obligó a incluir una nuevo artículo en la constitución, que reconocía como religión del Estado la católica, apostólica, romana y prohibía toda ceremonia y manifestación pública de cualquier otra; si bien nadie sería molestado en el territorio nacional por el ejercicio de su respectivo culto, salvo el respeto debido a la moral cristiana. Tenía razón Alfonso XII cuando dijo: “Si el prepuesto fuera lo suficiente vivo y elástico para que todos los españoles tuvieran cabida en él, se podía poner en el edificio del Congreso el letrero de ‘SE ALQUILA’ ”. A pesar de sus logros, el balance del gobierno Canovista sería endeble. La limitación del sufragio, el caciquismo y las maniobras electorales, convirtieron a Cánovas en el dueño gubernamental de España. Alfonso VII fue un cautivo de la Constitución y de la alternativa de los partidos políticos. La fuerza de Cánovas fue tal que, si Alfonso XII hubiera querido librarse del dogal que le imponía su ministro, habría tenido que recurrir a otro levantamiento. Algo a lo que el monarca no esta dispuesto.

Alfonso XII, ante el asombro del personal de palacio, cambió el horario. Se levantaba a la siete de la mañana y se lavaba con agua fría, a las nueve se reunía con el Consejo de Ministros, trabajaba infatigablemente el resto de la jornada y, a las siete, cenaba. Iba con frecuencia de caza, corría en patines, siempre que el estado de hielo de los estanques lo permitía, asía en carruaje descubierto, que él mismo guiaba, y tomaba baños en un estanque de agua que había en la Casa de Campo. Su paso por el colegio vienés, su aprendizaje militar en Sandhurst y las lecciones de buen gusto, que le dio la marquesa Sofía de Sesto, contribuyeron a que se trasformaran las vetustas y pestíferas costumbres que se habían ido acumulando a través de los siglos en la etiqueta palaciega.

Pepe Alcañices y Morphy siguieron siendo los mejores amigos de Alfonso XII. La rigidez de las fiestas aristocráticas no satisfacían el deseo de libertad de éste joven de veinte años. Su temperamento castizo, sensual y la soledad de palacio, le llevaron a efectuar frecuentes salidas nocturnas en compañía de buenos camaradas, como el conde de Benalúa, el duque de Tamames y Vicente Beltrán de Lis. Alcañices, no pudiendo evitar estas salidas, se decidió a ser su cómplice para protegerle mejor de cualquier asechanza.

Al igual que su abuelo, Fernando VII, Alfonso XII gustaba de sumergirse en la noche, embozado hasta los ojos en una amplia capa, para descubrir y conocer los secretos y los encantos de los barrios madrileños. Con frecuencia se le veía en los pinares de la Castellana, donde había lugares apropiados para meriendas y cenas en grata compañía; en reservados burdeles con damas no muy recomendables, que le entretenían placenteramente; esperando al acecho, cerca de una casa, a que se le diera la contraseña convenida para entrar; paseando en berlina y en buena compañía, sin que el cochero pudiera sospechar la identidad del que le pagaba tan espléndidamente. Alfonso XII nunca hizo valer su condición regia para aprovecharse de las mujeres que se cruzaban en su camino, ni engaño a una mujer falseando su identidad. Los hijos que nacieron fueron convenientemente atendidos. Andando el tiempo, estos hijos proclamaron con orgullo, pero sin escándalo, su bastardía.

Alfonso ya pensaba en casarse. ¿Cómo reaccionarían su madre, Cánovas y los españoles, cuando se esteraran de quién era la elegida para ser reina de España?

Fue en Randan, la residencia francesa de los duques de Montpensier, a la que habían acudido Isabel II y su hijo para estrechar lazos de amistad, en la Navidad de 1.872, donde Alfonso y María de las Mercedes se enamoraron. Alfonso tenía quinde años y María de las Mercedes doce.

Unos ojos negros, llenos de gracia y ternura, y una cálida y ceceante voz, que hicieron recordar al exiliado las nostalgias de su patria, le dieron la bienvenida. El enamoramiento fue mutuo. Ya en París, los jóvenes se vieron con cierta frecuencia. Antes de partir para Madrid, Alfonso le dijo a Mercedes: “Nada ha cambia para mí; si soy Rey tú serás Reina, y prefiero dejar de serlo, antes que dejes de ser mi mujer”.

Isabel II, que había estado una temporada en Sevilla, Alojada en el Alcázar, tuvo varios roces con los Montpensier y se volvió a París. Desde allí, mostró su oposición a la boda con estas palabras: “El casamiento con la hija de Montpensier, no puedo aprobarlo, no porque la muchacha no sea buena, sino porque no quiero nada de común con Montpensier, además por ser esto repugnante al país”. La negativa de Isabel II a este casamiento, más que una calentura del momento, debe inscribirse en las fundadas sospechas que existían de la intervención del intrigante duque de Montpensier en el asesinato de Prim. Los argumentos de Alfonso para convencer a su madre fueron inútiles. Isabel II se negó a estar presente en la boda. El que sí asistió fue Francisco de Asís, con el único objeto de mortificar a su esposa.

El consentimiento de los Montpensier no se hizo esperar, quedando la boda fijada para el 23 de enero de 1.878. La prisa de Alfonso XII por abreviar todos los trámites fue notoria. En poco tiempo se solucionó la dispensa papal, dada la consaguinidad de los novios; la compra de los muebles para la alcoba de la reina, el ajuar…

María de las Mercedes era bajita, de cara redonda, cabellos y ojos negros y un aire gracioso; no era hermosa, pero toda su persona respiraba gentileza y su innata simpatía la hacía pasar por linda. El pueblo madrileño, cuando la conoció, la llamaría carita de cielo, acertando plenamente con esta cariñoso mote. Alfonso tampoco era muy alto, moreno de ojos oscuros, un largo bigote y patillas a la prusiana, y, sobre todo, tenía una expresión simpática, que no ocultaba su aspecto enfermizo.

María de las Mercedes y Alfonso XII vivirían unos intensos meses de amor, como si ambos presintieran su brevedad. Sus noches en el tálamo comenzaban al atardecer y, sin interrupción, se prolongaban hasta el mediodía de la mañana siguiente. El único paréntesis, en estas jornadas amatorias, lo constituía la cena, que se les servía en la misma alcoba, con la orden personal del rey de no ser interrumpidos para retirar el servicio. Ambos cónyuges estaban poseídos del mismo ardor sexual. El docto Corral, médico personal del monarca, viendo el aspecto demacrado que presentaba, se atrevió a aconsejarle que: “[…] como la vida es larga y Su Majestad muy joven, hay sobrado tiempo para apurar el placer con mayor sosiego a fin de que la degustación resulte prolija y duradera”. Estos consejos los escuchaba el rey con educación, pero… hacía de su capa un sayo.

En mayo se quebró la facilidad de la romántica pareja. El deterioro físico, que venía padeciendo María de las Mercedes, aquejada de fiebres y fuertes dolores de cabeza, fue la antesala de las letales fiebres tifoideas, cuya incubación había resistido sin recibir el tratamiento adecuado. En la mañana del 26 de junio de 1.878, la tuberculosis y las fiebres tifoideas acabaron con su vida. Por orden expresa de su esposo no fue enterrada en el panteón de los Infantes, sino en una urna de mármol en la capilla escurialense de San Juan Evangelista. El dolor de Alfonso XII fue sincero, como lo atestigua la infanta Eulalia: “Costó esfuerzos sin cuento hacerle abandonar El Escorial […]. Desde entonces cambió el carácter de mi hermano, y adquirió la falsa alegría de quienes ocultan una profunda tristeza […]. Tanto cambió su carácter, que todo, en él, producía la impresión de quien adquiere un forzado sentido de la vida, una falsa alegría que oculta verdaderamente una melancolía que jamás haya de superar”. La dolorosa pérdida le llevaría a agotar sus fuerzas en busca de imposibles consuelos, que aletargaran y mitigaran su amargura. Ese mismo año moriría su abuela María Cristina, en el Havre.

Cánovas, con la intención de levantar la moral del rey y apartarle por unos días de sus recuerdo, dispuso unas maniobras militares en Álava, a las que asistió el monarca. El 25 de octubre, Alfonso XII regresaba a Madrid. Mientras recibía las aclamaciones del pueblo, camino de palacio, al pasar por la calle Mayor, un individuo le hizo varios disparos de pistola sin herirle. Alfonso XII, en olor de multitud, siguió su camino sin inmutarse.

Las relaciones con al seductora Elena Sanz, nunca interrumpidas desde que llegó a Madrid, cobraron mayor intensidad. La cantante dejó de brillar en el Real y su belleza fue a ocultarse en una mansión cercana a palacio, donde el rey podía acudir fácil y discretamente. De estos amores le nacerían a Alfonso XII dos hijos.

Aunque Alfonso XII se entregaba intensamente a su trabajo como monarca, por las noches se enfangaba en el frenesí de los galanteos y de las juergas. Cánovas le insistía constantemente sobre la orfandad en que se encontraba la monarquía y en la conveniencia de un nuevo matrimonio que diera un heredero al Trono. Cansado de tantas peticiones, Alfonso XII le dijo, con indiferencia y resignación, a su ministro: “Está bien; me casaré otra vez, pero haga usted el favor de buscarme a la novia”.

Tras rechazar varias candidatas, el rey se decidió por María Cristina de Habsburgo, a la que había conocido cuando estuvo estudiando en Viena. En el verano de 1.879, en la villa francesa de Arcachon, quedó concertada una entrevista entre María Cristina y Alfonso XII. Ya de regreso a España, trascurrida una semana de idilio protocolario, Alcañices iba desgranando las virtudes y prendas de maría Cristina. Alfonso XII, harto de oír tantos elogios hacia su prometida, le interrumpió diciéndole: “No te esfuerces en quedar bien, Pepe, a mí tampoco me ha parecido muy guapa…, pero te habrás dada cuenta de que la que está bomba en mi suegra”.

María Cristina de Habsburo-Lorena, hija de los archiduques de Austria, Carlos Fernando e Isabel, primos entre sí, y tíos ambos del emperador austriaco Francisco José I, nació el 21 de julio de 1.858, en el castillo de Groes-Sedowitz de Moravia, en Bohemia, residencia habitual de la familia. La prometida era pariente, en cuarto grado, de Alfonso XII, ya que descendía en línea directa del emperador Leopoldo II y de la Infanta Española María Luisa, hija de Carlos III. El para León XIII no tuvo ningún inconveniente en conceder la dispensa.

María Cristina había recibido una esmerada ecuación. Capaz e inteligente, a los quince años ya dominaba el húngaro, el alemán, el francés, el inglés, el italiano y poseía amplios conocimiento de castellano. Su afición favorita era el piano, al que interpretaba melodías de los grandes compositores, poseyendo, además, una afinada y educada voz. Lo más insólito, para una joven de aquellos años, fueron los estudios que realizó de filosofía y ciencias económicas. Tampoco se descuidaron en su educación los ejercicios físicos: natación, equitación, danza, ciclismo. Se unía a todo esto un gran equilibrio mental, una perfecta idea del deber, una innata dignidad y elegancia, tanto en el vestir como en el pensar, y una sólida formación religiosa. Poseía una esbelta y delgada figura, en contradicción con los gustos de la época, que exigían abundantes y marcadas curvas; el cabello castaño; un rostro afiliado, aunque sin las exageraciones prognáticas de los Habsburgo, sobre el que destacaban unos ojos pequeños, castaños, inteligentes; su mayor encanto residía en la armonía de su aspecto distinguido y la expresión de dulzura y bondad que transcendía de su persona.

El 29 de noviembre de 1.879, se celebró el enlace en la basílica de Atocha. Pasa da la ilusión de los primeros días, Alfonso XII no se sujetó a la disciplina familiar, volviendo a buscar satisfacciones que el lecho conyugal no podía proporcionarle. Era evidente que María Cristina no se adecuaba al temperamento de su esposo, heredero de gustos más carnosos y fogosidades más ardientes. A los madrileños tampoco les gustó la altivez de María Cristina, a la que pronto pusieron el mote de Doña Virtudes, comparándola con la ceceante y graciosa María de las Mercedes, ya idealizada por la leyenda y cantada en romances populares. Años vendrán en que María Cristina demostrara a los españoles que tenían en ella a una de las mejores reinas de España.

El gobierno conservador de Cánovas se iba desgastando con el ejercicio del poder. Por otra parte, no había podido cumplir con todas las promesas que había hecho a sus partidarios, especialmente a los centralistas de Alonso Martínez, que le abandonaron para unirse a Sagasti y formar el partido Unionista.

La economía tampoco mejoraba y el déficit público crecía año tras año. La tercera parte de los impuestos se quedaban en manos de los recaudadores para favorecer a los partidarios de Cánovas. Los grandes terratenientes, amparados por el consentimiento del Gobierno, que deseaba tenerlos contentos y lograr su adhesión a la monarquía, no pagaban impuestos, o los pagaban insuficientemente. Los que sí pagaban eran los pequeños propietarios, víctimas de la presión del Fisco. Los ricos eludían los impuestos, que caían abrumadoramente sobre los pobres. En el campo social, Pablo Iglesias, fundador del Partido socialista Obrero, creó la Unión General de Trabajadores (U.G.T.), que se convertiría en un temible núcleo de fuerza político-social. Las frecuentes crisis gubernamentales, la disolución de las Cortes y los embustes electorales contribuirían a sembrar el hastío y la desgana en el pueblo, que achacó al régimen y al sistema liberal la causa de tanta intranquilidad y desdicha política, lo que coadyuvó al descrédito de la monarquía y a su derrumbamiento.

El 30 de diciembre de 1.879, Francisco Otero González, disparó dos tiros al rey sin herirle, cuando éste y la reina regresaban de un paseo en faetón por el Retiro.

En 1.881, los fusionistas de Sagasti fueron llamados al poder. Pese al cambio, llovía miel sobre hojuelas. Las promesas de Sagasti de reformar la Constitución y promover el sufragio universal quedaron relegadas. Disueltas las Cortes conservadoras y convocadas otras para el 20 de agosto, Sagasta perseveró en sus métodos electorales fraudulentos para obtener la mayoría. Surgieron pronunciamientos en Badajoz, Santo Domingo de la Calzada y Seo de Urgell, dirigidos y preparados desde el extranjero por Ruiz Zorrilla, que fueron ahogados en sangre.

Alfonso acudió a Viena, invitado por el emperador Guillermo I, para asistir a unas maniobras militares. Entre los obsequios y honores que le tributaron, el que más satisfizo al monarca, gran admirador del ejército prusiano desde su triunfo en la guerra franco-prusiana, fue el que le nombraran coronel honorario del Regimiento de Ulanos, vistiendo el uniforme durante las maniobras de Hamburgo. Este hecho tuvo consecuencias, pues el regimiento había dejado un odioso recuerdo entre los franceses durante la pasada guerra, y, además, estaba de guarnición en Estrasburgo, capital de Alsacia, incorporada después de la guerra a Alemania. El 29 de septiembre, al llegar el rey a París, apenas salió de la estación, se produjo una gran manifestación de protesta contra él, con silbidos y gritos: “¡Mueran los Ulanos! ¡Abajo Alfonso! ¡Abajo el Ulano!”.

Cayó el ministerio Sagasti, que fue sustituido por el de Posada Herrera, que poco después lo entregó a Cánovas. Éste convocó nuevas elecciones. Romero Robledo, ministro de Gobernación, extremó tanto la presión oficial que, en las urnas, aunque los electores fueron muy pocos, consiguió 293 diputados, muchos de ellos incondicionales suyos. Sagasti experto también en amañar resultados electorales, dijo de estas Cortes que “estaban deshonradas antes de nacidas”. Cánovas fue ahora más cínico que nunca –opina Mc. Cabe-, y lo mismo él que el rey se hicieron impopulares, fuera de los círculos aristocráticos y militares.

El 11 de septiembre de 1.880, María Cristina, con gran decepción, alumbró una niña, a la que se le impuso el nombre de María de las Mercedes, en recuerdo de la fallecida reina. El 12 de noviembre de 1.882 nacería otra infanta. María Teresa. Esta vez, la amargura del rey fue manifiesta, ya que el destino le negaba, por segunda vez, la sucesión masculina, cuando Elena Sanz le había dado ya dos varones. Aunque la ley Sálica había sido abolida, no olvidaba Alfonso XII las guerras civiles que habían ensangrentado a España.

María Cristina lo había intentado todo para que su marido abandonara sus continuos devaneos y aventuras. Los últimos años de su matrimonio se convirtieron en un continuo sufrimiento, en una conflicto de celos, que sólo su sentido de la responsabilidad y el alto concepto que tenía de la realeza, convencida de que la frivolidad de su esposo no tenía enmienda, pudo hacer que mantuviera su entereza, como reina y como mujer.

Pese al desvío de Alfonso, María Cristina quiso a su esposo. Y lo demostró cuando no pudo soportar el escándalo de los amores del monarca con otra diva del canto, Adela Borghi, más conocida por La Blondina, la rubia. Alfonso XII había conocido a la Borghi durante una representación en el Real, adonde iba con frecuencia, no a escuchar música, puesto que carecía de oído y era incapaz de reconocer los distintos toques de corneta, sino a ver las evoluciones de las divas. María Cristina emplazó a Cánovas ante una sola alternativa: “
O echan ustedes del país a esa prostituta o yo regreso al mío”. La Borghi fue obligada a subir a un tren con destino a Irán, pero regreso nuevamente a Madrid, y el idilio febril continuó hasta la muerte del monarca.

Al mediar 1.884, la popularidad de Alfonso XII, que estaba muy baja, recibía un espaldarazo de prestigio. El cólera hacía estragos en Valencia y Murcia, llegando la epidemia hasta las puertas de Madrid. El rey manifestó deseos de trasladarse a Murcia, con objeto de infundir ánimos a la aterrada población. Cánovas, considerando la posibilidad de que el monarca pudiera contagiarse, se opuso al proyecto. Entonces, Alfonso XII, sin conocimiento del Gobierno, visitó a los coléricos de Aranjuez. El acto le valió, a su regreso a Madrid, un recibimiento apoteósico, que le granjeó el afecto definitivo de sus súbditos.

Alfonso XII, consciente de que la muerte se iba acercando, vivía en un constante frenesí de aventuras amorosas. Por Madrid corrían rumores de que “el rey está hecho polvo de tanto joder”. Su aspecto físico era deplorable: pálido, demacrado, muy delgado, lo que le daba un aspecto de ser mucho más viejo de lo que era, y con frecuentes expectoraciones. Era del dominio público que el rey había sufrido varias hemoptisis y que esputaba sangre a diario, lo que le obligaba a usar pañuelos rojos de seda para disimular la coloración de los esputos. El monarca estaba viviendo, febrilmente, sus últimos meses.

Los médicos le obligaron a someterse a un régimen de reposo, pasando todo el verano en La Granja de San Ildefonso. La última quincena de septiembre la pasó postrado en cama, pudiendo levantarse el primero de octubre. Al final de este mes se le trasladó a El Pardo, acompañado por Alcañices, el doctor García Tapia y algunos servidores. La decisión del traslado la había tomado Cánovas, de acuerdo con los médicos, para evitar miradas indiscretas. El rey, consciente de su estado, presentía su próximo fin. Los que tenían acceso a su persona y contemplaban su aspecto deplorable, tampoco lo dudaban.

Las cuatro últimas semanas las pasó Alfonso XII en soledad, asistido solamente por Alcañices y Morphy. María Cristina y sus hijas, las hermanas del monarca e Isabel II, que acababa de regresar de Paría, permanecían en Madrid. Pocos días antes, María Cristina había comunicado a su esposo que se hallaba embarazada. Cánovas, enterado del estado de la Reina, se reunió con Sagasti para analizar la cuestión sucesoria. Refiere Sánchez Albornoz que el rey, ya en la agonía, presintiendo el pacto entre Cánovas y Sagasti, le dijo a María Cristina en su lenguaje castizo: “Crista, guarda el coño, y de Cánovas a Sagasti y de Sagasti a Cánovas”.

Cánovas, en su deseo de que no trascendiera la gravedad del monarca, para no alentar movimientos revolucionarios, se opuso a que María Cristina se trasladara a El Pardo para estar al lado de su esposo. Nos obstante, la reina acudía todas las tardes a cuidarle y, al anochecer, regresaba a Madrid. En la noche del 24 de noviembre, la reina, acompañada de Isabel II, asistía a una representación de ópera en el Real, intentando dar una imagen de normalidad al país. Apenas se había iniciado la representación, un mensaje le anunció que el rey agonizaba. Con la misma ropa de gala se metió en un coche, que la condujo a todo galope a El Pardo.

Horas antes, Alfonso XII, re se revolcaba en el lecho atacado por la disnea, le preguntó al doctor Camisón: “Estoy mal, ¿podrían darme algo que me calme la tos y me alivie la fatiga?”. El doctor le administró una inyección de morfina –que se le venía administrando una vez que la tuberculosis se hizo irreversible-, sumiéndole en un profundo sopor.

Cuando María Cristina llegó a El Pardo, no la dejaron pasar a la habitación del moribundo. “Su Majestad está durmiendo…”, le dijeron. A las nueve menos cuarto, del 25 de noviembre de 1.885, se permitió que la reina entrara en la cámara, cuando ya el rey había expirado. Después, entró el resto de la familia real que, arrodillada en torno al lecho, lloró la muerte del infortunado monarca, al que sólo le faltaban tres días para cumplir los veintiocho años.

Cánovas, que lo tenía todo preparado, presentó su dimisión a la reina, quedando el Gobierno conservador interinamente en el poder, hasta que fuera nombrado otro. María Cristina quedaba como Regente del Reino y Reina Gobernadora. Si la reina no hubiera procedido a nombrar a la Princesa de Asturias, María de las Mercedes, reina de España; pero la posibilidad de que naciera un varón determinó una prudente y expectante espera.

El cadáver de Alfonso XII, después de permanecer expuesto durante tres días a la curiosidad pública, fue trasladado a El Escorial, donde hoy ocupa el lugar que le corresponde en el Panteón de los Reyes.

El vigor sexual de la familia, que en Alfonso XII se elevó al máximo grado, unido a una constitución enfermiza, bastó para llevarle a la tumba en plena juventud. En Alfonso XII confluyeron hasta la aberración la consaguinidad: Isabel II y Francisco de Asis, aunque padre putativo, fueron primos hermanos por doble vínculo; sus abuelos fueron hermanos, y también los eran sus abuelas; Carlos IV y María Luisa, sus bisabuelos, eran primos carnales; Carlos III y María Amalia de Sajonia eran parientes en cuarto grado. Por cualquier rama que se coja la ascendencia de Alfonso VII, siempre se llega al mismo punto de partida: Felipe V. Sus nueve primeros apellidos serán siempre iguales: Borbón.

Alfonso XII fue un rey constitucional, tal y como lo había deseado Cánovas, a quien Salvador de Madariaga calificó como “El más grande corruptor de la vida política de la España contemporánea”. Mientras vivieron Cánovas y Sagasta, se pudo mantener la ficción de la alternancia en el poder de uno y otro, al estilo británico; pero, una vez que desaparecieron los dos jefes carismáticos, los partidos se disgregaron formando grupos. El sistema electoral, que se basaba en la mayoría que no sabía leer ni escribir, hacía recaer la influencia de la elección sobre los caciques, lo que engendraba una enorme corrupción.

Cánovas, al apoyarse en el nuevo feudalismo agrario, dueño ya de una parte considerable de las riquezas de la nación, consintió que las leyes fueran dictadas y ejecutadas bajo la férula de esta nueva oligarquía, lo que generó injusticias sociales, que habrían de resultar fatales para el trono de Alfonso XIII.

Anuncios

3 Comments

  1. Me parece bastante completa tu información, pero como todo lo que se ha escrito sobre este tema en lo referente a su paternidad, se basa únicamente en rumores. He publicado un libro de investigación que aporta información nueva al respecto y pienso deberías tener en cuenta. Se titula Voces desde el más allá de la historia y se centra en el asesinato de Federico Puig Romero, supuestamente el verdadero padre de Alfonso XII, como se deduce de la existencia de una carta firmada por Alfonso XII dirigiéndose como a sus hermanos a los hijos de Federico Puig Romero, algo totalmente silenciado hasta ahora. También se sacan a la luz unos hechos desconocidos sobre la familia de Federico Puig Romero y su nexo a Fernando VII, padre de Isabel II.
    https://www.facebook.com/vocesdesde.elmasalladelahistoria

    Me gusta

    • Muchas gracias por la información. Pretendemos dar una información sobre la vida de los Reyes que sea lo más completa posible. Sobre la paternidad de Alfonso XII, se ha escrito y se seguirá escribiendo infinidad de historias, todas ellas aportando nuevos datos u otros ya conocidos, pero la mayor parte de ellos, al final, resultan conjeturas, que bien o mal encaminadas, son solamente eso.

      Un saludo amiga.

      Me gusta

  2. Pingback: El gran hombre de Estado, el Rey. Unidad, Concordia y Democracia | Casa Real de España (No Oficial)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s