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El tren portugués que trajo un futuro Rey

El 9 de noviembre de 1948, con 10 años, Don Juan Carlos iniciaba un viaje que cambiaría para siempre su vida. Nacido en el exilio de la Real Familia Española, tras la imposición de la II república, quien estaría llamado a traer por primera vez una democracia plena, de paz, libertad y justicia, veía con sus propios ojos el que era su país en el corazón, pero que sentía cierto por primera vez.

En la estación de Lisboa, había sido despedido por sus padres, los herederos de Alfonso XIII, Don Juan de Borbón y Battemberg y Doña María de las Mercedes de Borbón-Dos Sicilias. Don Juan, había pedido a su esposa que no llorara en la despedida, para que al niño le fuera más fácil partir. El Conde de Barcelona sabía que aquel viaje podría ser de ida y vuelta, no había nada seguro e incluso podría perder a su hijo para siempre a manos del régimen de Franco.

El pequeño principe, Juanito para la familia, después de toda una noche de viaje, tuvo su primera visión de España, que fueron los campos yermos de Extremadura, en una fría, gris y sombría mañana de otoño. Alejado de su familia y acompañado por personas mayores, Don Juan Carlos, iba a pisar por vez primera suelo español. Empezaba también un largo camino de soledad, que duró 27 años, hasta el día de su proclamación el 22 de noviembre de 1975, en el que fue descubriendo un mundo de intrigas, conspiraciones, zancadillas y obstáculos destinados a impedir la restauración de la Monarquía.

Ese 9 de noviembre de 1948, el Lusitania Express, se paró antes de llegar a Madrid por orden de Franco, para evitar que los monárquicos organizaran un recibimiento al que consideraban el Príncipe de Asturias, por lo que el tren recibió la orden de parar en la estación de Villaverde, donde unos hombres aguardaban al niño para llevarle directamente al Cerro de Los Ángeles, centro geográfico de España, para que se encomendara al Sagrado Corazón. Precisamente fue su abuelo, el Rey Alfonso XIII, quien había acudido al acto de bendición del Monumento el 30 de mayo de 1919. Desde entonces, este enclave se ha convertido en un centro de peregrinación.

El monumento permanecía arrasado, tal y como lo habían dejado ocho años antes los milicianos comunistas que durante la Guerra Civil «fusilaron» la imagen de Jesús y llevaron a cabo un genocidio en España, con la matanza de católicos españoles asesinando a más de 20.000 (solo por su fé), y a un total de más de 7000 religiosos, doce obispos y un cardenal. Esta fue la segunda impresión de España que recibió aquel niño, muy lejos de la voluntad de su padre, que aspiraba a ser el Rey de una nación reconciliada.

El mismo día de su llegada, recibía sepultura en el cementerio de La Almudena un estudiante monárquico, Carlos Méndez, que había sido detenido semanas antes por repartir propaganda a favor de la Corona. El joven había muerto hacía dos días en la cárcel de Yeserías tras ser apaleado por los vigilantes de la prisión y a su entierro asistieron unos dos mil monárquicos, rodeados por las Fuerzas de Seguridad.

Tras visitar el cerro de Los Ángeles, fue conducido a la finca de Las Jarillas. Bajo la dirección de don José Garrido y un reducido grupo de alumnos que cursó sus estudios con él. Entre ellos estaba el primo de Don Juan Carlos, el Infante Don Carlos, que se convirtió en su inseparable amigo hasta el fallecimiento de este.

Ni la prensa ni el régimen recibieron bien al pequeño príncipe, algo que duró hasta la proclamación de don Juan Carlos. No habría que olvidar, que ni falangistas, era republicanos, ni los requetés, Tradicionalistas Carlistas, que formaban el núcleo duro del régimen, quería ver a los Monárquicos, pero que al final fue la solución pacífica para traer la democracia en España reconciliando a los hermanos que se habían asesinado durante la Guerra Civil.

El 24 de noviembre, Francisco Franco recibió por primera vez a Don Juan Carlos en su residencia oficial del Palacio de El Pardo. El general contaba entonces 56 años y el Príncipe diez. Los 27 años restantes, fueron una autentica escuela de vida para Don Juan Carlos, en la que  pudo desarrollar una maestría y olfato político que le permitieron conseguir el objetivo último de la Monarquía restaurada: una España democrática y reconciliada por primera vez en su historia.

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